dimecres, 24 d’octubre del 2007


Vull publicar un article que m'han enviat amb motiu de les properes betaficacions a Roma.


Santa Reconciliación
• Los padres de Josep Casas no delataron al delator de su hijo, uno de los nuevos beatos

ARTURO SAN AGUSTÍN
Mientras hablo con el sacerdote Francesc Xavier Casas pienso en mi padre, que sufrió el campo de concentración francés de Argelès. Y en uno de mis abuelos --tranquilo, compañero--, a quien un pinchazo en una de las ruedas del camión que lo llevaba a la tapia del cementerio de un pueblo aragonés le libró de ser fusilado por falangistas.También pienso en tres miembros más de mi familia, que no tuvieron tanta suerte y cayeron junto a ese cementerio, abatidos por los mismos falangistas que a punto estuvieron de cargarse a mi abuelo. Un abuelo republicano, recio, zumbón y sonoro al que le gustaban las mujeres rubias y la justicia social. Hablo de un abuelo que, aunque ya no pueda leerme, quiero que se tranquilice porque estoy escribiendo de buena gente. Porque también hubo buena gente entre aquellas sotanas de entonces. Tranquilo, pues, abuelo.El hermano de Francesc Xavier Casas fue, también, una de las víctimas de nuestra guerra. Una de las 498 que las autoridades eclesiásticas han decidido beatificar el domingo en la plaza de San Pedro, en el Vaticano. Se llamaba Josep Casas y estudiaba primer curso de teología. Era, pues, un seminarista, al que en una vieja fotografía se le adivina introvertido y muy lector.Septiembre de 1936A Josep Casas lo asesinaron, de varios tiros, a las once de la noche del lunes 28 de septiembre de 1936. Un grupo armado de hombres de Vilafranca del Penedès llegó a la plaza Mayor de Moja con el seminarista y su primo, un carmelita que también se llamaba Josep Casas. Después de cruzar varias palabras con ellos, los hombres armados, pertenecientes a un comité, del que mosén Casas no quiere decir nada más, los cosieron a tiros.En Moja, algunos de sus naturales, que hoy viven en Barcelona, aún recuerdan los tiros que acabaron con los dos primos. Y, hasta hace muy pocos años, la reja doblada de cierta ventana también atestiguaba que la noche del 28 de septiembre de 1936 hubo disparos en el pueblo.El matrimonio Casas, que vivía en Ordal, estaba formado por Josep Casas y Francesca Ros. Y por la abuela Magdalena, analfabeta pero mujer de gran potencia humana y de singular inteligencia. Cuentan que era una de las pocas personas a quien no asustaba el tifus, que también entonces mataba lo suyo. Cuando nadie se atrevía a entrar en una casa en la que el tifus anidaba, ahí estaba la abuela Magdalena dispuesta a lavar los platos o la ropa del vecino. Los Casas eran labradores sin tierras propias. Eran una familia que vivía un poco de la viña y otro poco del bosque. Dos pocos muy pocos para tantos hijos. Fueron 10, que acabaron en siete. O en seis.Los cuerpos de los dos primos, tendidos en la plaza Mayor, fueron recogidos por un vecino y trasladados al cementerio de Moja, donde él mismo los enterró. La noticia de su asesinato llegó a Ordal a las cinco de la tarde del martes 29 de septiembre de 1936. Los padres y mosén Casas estaban trabajando en la viña de Can Marino. Mosén Casas, que entonces tenía 7 años, no ha podido olvidar el llanto de sus padres, pero asegura que ni siquiera entonces hubo un palabra de odio. Llanto y silencio. Solo eso.Tres años más tarde, un día del mes de abril de 1939, llegó a Ordal otra noticia: uno de los hombres que habían delatado a los dos primos se disponía a regresar al pueblo. Algunos de los vecinos, reunidos en la calle, opinaron que había que delatar a aquel individuo y que en modo alguno podía volver a vivir en Ordal. Ni vivir ni ejercer su profesión. Josep Casas, el padre del seminarista asesinado, decidió acercarse a la iglesia, le contó al rector la situación y le pidió consejo. Al abandonar la iglesia decidió que el rector tenía razón. Le dijo que a su hijo no se lo devolverían vivo y que un cristiano tiene la obligación de perdonar.El delator regresó a Ordal y solo algunos de sus familiares y vecinos le reprocharon su conducta. Pero los padres del seminarista asesinado nunca le reprocharon nada. Jamás, así lo asegura su hijo, le mostraron el más mínimo resentimiento. Hablaban con él, como lo que era, un vecino más. Y parece ser que incluso lo ayudaron cuando por enfermedad o por otras razones lo necesitó.Tres momentos decisivosMosén Casas, que durante 39 años fue rector de la parroquia de Sant Pacià, en el barrio de Sant Andreu, cuenta que en su vida hay tres momentos decisivos. El primero: cuando ve llorar a su padre, a quien le acaban de contar que alguien ha delatado a su hijo. El segundo: el llanto de su padre y de su madre en la viña, cuando se confirma la noticia de que Josep ha sido asesinado. Y el tercero: cuando asumen la necesidad del perdón. "La lección de perdón de mis padres ha sido siempre para mí un punto de referencia que me ha ayudado y que nunca querría olvidar".Mosén Casas sabe quién es el delator de su hermano. Pero no suelta prenda. Solo después de mucho insistir acepta decirme que ya ha fallecido y que era una persona con una cierta responsabilidad social en Ordal. Incluso asegura que era un buen profesional. "Sé su nombre, pero nunca lo diré".El año 1952 los carmelitas decidieron trasladar el cuerpo de Josep Casas Julià, el primo del seminarista, a Badalona. Y fue también ese mismo año cuando los restos de Josep Casas Ros se trasladaron al cementerio de Ordal, donde actualmente reposan.Mosén Casas, jubilado desde hace solo 15 días, recuerda a su pueblo, Ordal, como un paisaje de viñas y bosques de pinos. Y de hornos de cal. Hornos como el de Lladoner y el de Can Fèlix. Este cura diocesano creció esperando todos los años que el gran ciclista Mariano Cañardo pasara con su bicicleta por los altos de Ordal. Y, así es la vida, fue él quien, muchos años después, celebró el funeral por el campeón, que vivía en el barrio de Sant Andreu.Mosén Casas cree necesario que la España de los vencidos pueda dar sepultura digna a todos sus muertos que aún reposan en caminos y barrancos. Y me repite su deseo: "Confío en que transmita usted mis sentimientos, que son de reconciliación y perdón. Así me lo enseñaron mis padres".Creo que mi abuelo estrecharía la mano de este hombre.